Me sorprendo a mi misma al darme cuenta que la salida de
escape redunda siempre en un acto infantil. Ese chiste fácil, ese baile
ridículo o un juego de celular entre un grupo de amigos pueden sacarnos más
risas que cualquier otra cosa; risas que llenan el alma y limpian cualquier
dejo de stress o tristeza. Sonará tonto pero ¿quién puede decir que esto no es
real? ¿Quién puede jurar jamás haber superado un mal día de una forma
semejante? Ese volver a la raíces, conectarnos con nosotros, decirle chau a la vergüenza.
No importa quién mire, qué piensen o lo ridículos que podamos parecer, no hay
mejor cura que una carcajada.
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